Por Héctor Alfaro
La vida urbana en la capital de Chile suele ser rítmica una vez que te familiarizas con sus reglas y horarios. Todo aquel que lleve un buen tiempo viviendo aquí sabrá que hay ciertas horas del día en las que es prácticamente una guerra campal el tratar de llegar a casa con los medios de transporte público. Por alguna razón a todas las instituciones de la ciudad se les ocurre terminar sus actividades entre las 6 y las 8 de la tarde.
Siguiendo esta lógica, es preferible viajar un poco antes o después a ser asfixiado por el mar de gente que se encuentra en la misma situación que tu. Por eso mismo fue que con mi novia decidimos tomar una micro en dirección a Macul con Escuela Agrícola a eso de las 5 PM. Todo parecía normal, la gente, los olores, los gritos, el desinterés de los unos por los otros, la inexorable sensación de estrés dentro del dragón verde que viaja a velocidades cuestionablemente legales, el calor, la ya colateral actitud defensiva ante los potenciales lanzas acechando tus bolsillos y las enormes ganas de llegar a casa. El conductor de la micro 104 del transantiago, no imaginaba la incómoda situación a la que tendría que enfrentarse esa tarde.
La gigantesca máquina iba parcialmente llena de pasajeros, cosa normal para todos los presentes. Los pasajeros eran ciudadanos comunes, en un viaje común, dentro de un contexto común. Señoras con aires pinochetistas, jóvenes brindando el concierto más espectacular a los imaginarios fans de su mente, niños observadores, señores de corbata y en fin, gente.
Pero, en el paradero de la calle Los Plátanos, sucedió algo digno de un cortometraje, ¿el género? dependiendo de su criterio podría ser drama o comedia.
Yo estaba divirtiéndome con mi chica favorita cuando de repente notamos que al final de la micro comenzó a formarse un pequeño tumulto de pasajeros alrededor de un asiento -”!Señor pare la micro, este caballero tiene un ataque!” dijo desesperada una muchacha. Todas las cabezas giraron al unísono. Efectivamente allí, en la tercera fila de los asientos traseros de la micro, en el asiento derecho que daba con el estrecho pasillo del vehículo, un señor de mediana edad estaba convulsionando y vomitando espuma de su boca. Era una auténtica escena de Doctor Hause, solo que esta vez nadie podía decir “corte, se queda”.
Todos estábamos alterados, nadie sabía qué rayos hacer -”!¿Alguien aquí es doctor?!” gritaba la muchacha que dio el primer aviso, -“!Pare la micro señor, este hombre se va a morir!” reprochaba un caballero con tenida casual al conductor, -”! Déjenlo tranquilo, no lo muevan!” decía muy asustada una señora, -“Señor, si paro la micro a mi me quitan la pega” dijo con voz tiritona el conductor. “ Por la chucha, Flo llama una ambulancia” le dije alterado a mi polola, ella buscaba el teléfono desesperada al mismo tiempo que muchos otros ahí dentro. Y de la nada apareció un hombre bajito, bien peinado, con cara de ser muy noble y un maletín negro que corrió hacia el tipo que se estaba muriendo. Desde lejos notamos todos como lo atendía, le aflojó la camisa, le midió el ritmo cardiaco e hizo un montón de movimientos para-médicos que eran indescifrables desde la posición en la que me encontraba. Increíblemente, como si alguien hubiese escrito el guión de esa tarde, iba un doctor dentro de la micro. -“Ya se calmó” exclamó aliviado este héroe anónimo, se acercó al conductor y le pidió que lo llevara al hospital más cercano, todos reprochaban y gritaban al chofer que dejara su “egoísmo” de lado y llevaran al moribundo a urgencias. Sin muchas opciones trasladó la micro por una calle donde a duras penas cabía la monstruosa maquinaria, -“ Por esta calle”, -”Se pasó”, “Doble aquí” gritaban en discordancia todos los que aseguraban conocer el camino correcto. Milagrosamente el micrero llegó al hospital, el pequeño salvavidas , bajo corriendo a decirle a sus colegas que había una urgencia estacionada afuera del hospital, pasaron los minutos y aparecieron dos hombres de blanco con una camilla. Pero dentro del desconcierto nadie notó que el afectado ya se había recuperado y que respiraba tranquilo. Cuando los para-médicos subieron a la micro para llevarse a este señor, dijo algo que nos hizo pensar a todos que estábamos dentro de uno de esos programas de “Gags” y que en cualquier momento aparecerían las cámaras y el animador diciendo que todo era una broma. -”No, yo no voy a ninguna parte me quedo aquí”. A punta se súplicas que de a poco fueron transformándose en reproches e insultos la gente le decía que tenía que bajarse y atenderse, que el conductor perdería su trabajo por su culpa y que todos estaban perdiendo el tiempo gracias a su terca actitud. -”Enotonces si le da otro ataque se va a tener que morir nomás, porque el resto de nosotros nos tenemos que ir” dijo indignada una señora. “- Ya dije que no me voy a bajar” dijo tajante el señor del ataque.
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Todos se miraban, nadie sabia que hacer nuevamente, el hombre que le salvó la vida conversó con él tranquilamente pero sin éxito. Nadie logró convencerlo de nada, el hombre seguía ahí sentado, como si nunca hubiese pasado nada. Fue cuando alcancé a escuchar la respuesta que me dejó más desconcertado que todo lo que había pasado hasta ese entonces, y fue cuando entendí que para algunos es preferible tentar a la suerte con otro ataque que ser atendido en un policlínico. -” NO, no voy a bajar, no iré al hospital señor. Vengo llegando de otro hospital y me dieron remedios que no puedo comprar, estuve esperando desde la mañana que me atendieran y no tengo plata ni para tomar otra micro de vuelta. No tengo plata, no voy a bajar, ya fui al médico y he ido un montón de veces más.” decía con una determinación increíble.
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